sábado, 28 de diciembre de 2013

El estruendo de las olas

Ha habido mucho calor estos días, situación que en el último lugar del mundo es poco habitual, pues acá se dice que existen sólo dos meses de verano y diez de invierno, lo que según mi experiencia como sureña es muy cierto.
Me puse a regar el jardín y entre los olores a flores y a tierra húmeda, vinieron a mi memoria imágenes de mi niñez, aquellos veranos en la cordillera de la costa, con bosques nativos, mar, quebradas y bajadas a mariscar en familia.
Recuerdo que seguíamos una huella y llegábamos hasta la "cuesta de piedra", y claro, la llamábamos así porque estaba formada por piedra volcánica, aquella que al tocarla se deshacía convirtiéndose en polvo. Desde allí se contemplaba la braveza del pacífico al reventar sus olas sobre grandes rocas, mientras el viento refrescaba todo ser que se posaba en dicha altura, aunque el sol estuviese en su máximo esplendor.
Los arboles eran tan largos, que siendo niña los miraba hacia arriba y parecían infinitos, su sombra era muy gratificante para los que preferíamos internarnos entre ellos en vez de ir a la playa. ¡Más de alguna vez me cayó un pequeño trocito de hoja a los ojos de tanto mirarlos!
Era de ensueño caminar por ese bosque, creo que nunca di gracias a Dios por esa niñez tan bella, no gozábamos de lujos, pero sí de amor y una naturaleza privilegiada a nuestro alrededor.
Gracias Señor por aquellos regalos que nos das y que a nuestros ojos pasan desapercibidos, ya que todas las pequeñas y grandes cosas vienen de ti.

"Jehová en las alturas es más poderoso

 que el estruendo de las muchas aguas.
 Más que las recias ondas del mar".
                           Salmos 93:4

viernes, 29 de noviembre de 2013

Destellos en la Ciudad

Una mañana de las que estuve en la capital, desperté de un sueño muy angustiante, me levanté y sentí la necesidad de ponerme a orar. Como el departamento rentado era muy pequeño, y no quería despertar a mamá, abrí la cortina y me asomé por la ventana. Abro mis ojos y ví el espectaculo más maravilloso jamás visto: la majestuosa Cordillera de los Andes, enorme e imponente, era iluminada por el sol rojizo del alba, estaba acompañada por el cielo encorderado, que flotaba reluciente sobre la ciudad y la deslumbraba muy tenue y elegantemente.
A pesar de que Santiago es grande, esa mañana al ver la cordillera y el cielo lanudo tan cerca, me sentí el ser más insignificante, pero a la vez el más importante, pues ese espectáculo me pertenecía.
El destello desapareció rápidamente y el color gris, habitual, volvió a la ciudad.
Me imaginé que Dios, en mi angustia, quiso mostrarme que no estoy sola, que cualquier problema que enfrente es muy pequeño en comparación a su majestuosidad, que un mínimo destello de su poder ilumina una ciudad entera, y que si estamos con Él nunca seremos vencidos.

"Por cuanto me has alegrado, 

 oh Jehová, con tus obras;
 En las obras de tus manos me gozo".
                        Salmos 92:4

viernes, 22 de noviembre de 2013

Presentación

Queridos/as amigos/as

Estoy tremendamente entusiasmada con la idea que se me ocurrió hace unos pocos días atrás, al sentir la necesidad de escribir un ensayo sobre la maravillosa creación en la que los seres humanos estamos destinados a emprender el viaje de nuestra vida.

La naturaleza que nos rodea, es a mi parecer, una de las mayores demostraciones de amor que Dios ha tenido con el hombre, y es por eso, que cada vez que veo las distintas formas en el firmamento, en las cordilleras o en las aguas, se genera en mí las ganas de expresar, de alguna manera, la majestuosidad del Poder de Dios reflejado en su creación diversa, única y espectacular.

Mi nombre es Evelyn, y aunque no soy escritora, ni sé mucho de poesía, he querido compartir algunos de los ensayos que he creado en diferentes circunstancias de la vida, la mayoría de ellos inspirados en los colores de la creación, cuyas maravillas me han motivado a dejarlos plasmados en el tiempo.